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La alimentación es una parte central del cuidado del hígado, pero lo que le conviene comer depende de en qué situación está. No es lo mismo tener hígado graso que tener una cirrosis avanzada. En el primer caso el objetivo suele ser bajar de peso y mejorar el metabolismo; en el segundo, con frecuencia el riesgo es el contrario, la desnutrición y la pérdida de masa muscular. Por eso conviene tratar los dos escenarios por separado.

Antes de entrar en detalle, una aclaración que ahorra dinero y decepciones. No existen alimentos, jugos ni suplementos que “limpien” o “desintoxiquen” el hígado. El hígado se depura solo; ningún batido verde, té de hierbas ni “detox” hace ese trabajo por él. Lo que sí funciona es comer bien de forma sostenida, algo mucho menos vistoso pero con respaldo real.

Café y frutas forman parte de una alimentación saludable para el hígado

Nutrición cuando tiene hígado graso

El hígado graso, hoy llamado enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica (MASLD), está ligado al sobrepeso, la diabetes y la resistencia a la insulina. Aquí la alimentación no es un complemento del tratamiento: es el tratamiento. Los cambios en la dieta y el peso pueden revertir la grasa del hígado e incluso mejorar la fibrosis.

  • Baje de peso si tiene sobrepeso. Una reducción del 7 al 10% del peso corporal produce beneficios claros: menos grasa hepática, menos inflamación y, en muchos casos, mejoría de la fibrosis. No necesita llegar a un peso ideal para notar el efecto; incluso bajar un 5% ya ayuda.
  • Adopte un patrón mediterráneo. Es la dieta con más respaldo en hígado graso. Se basa en verduras, legumbres, frutas, frutos secos, aceite de oliva, pescado y granos integrales, con poca carne roja y pocos productos procesados. En estudios controlados mejora las enzimas del hígado y reduce la grasa hepática, aun sin una gran baja de peso.
  • Reduzca el azúcar y, sobre todo, las bebidas azucaradas. Las bebidas y jugos con azúcar, y en particular la fructosa, se transforman en grasa dentro del hígado. Cambiarlas por agua es uno de los pasos más útiles y más fáciles de medir.
  • Baje las harinas refinadas. Pan blanco, masas, galletas y snacks se comportan como azúcar rápida. Prefiera granos integrales y legumbres, que además sacian más.
  • Muévase. La actividad física regular reduce la grasa del hígado incluso cuando el peso no cambia mucho. Sirve caminar rápido, y suma combinarlo con algo de ejercicio de fuerza.
  • Modere o evite el alcohol. El alcohol se suma al daño metabólico. Si hay fibrosis significativa, lo prudente es suspenderlo.

No hace falta un alimento “milagroso”. El café sin azúcar, por ejemplo, se asocia a menor daño hepático, pero es un aporte modesto dentro de un patrón global sano, no una receta por sí solo.

Nutrición cuando tiene cirrosis

Aquí el panorama cambia por completo. En la cirrosis, sobre todo cuando está avanzada, el gran problema nutricional no es el exceso sino la falta. El hígado enfermo maneja mal la energía y el cuerpo empieza a consumir sus propias reservas, incluida la masa muscular. La desnutrición y la sarcopenia (pérdida de masa y fuerza muscular) son frecuentes y empeoran el pronóstico. Muchas personas con cirrosis se ven con abdomen distendido por líquido pero con brazos y piernas adelgazados: pueden estar desnutridas aunque la balanza no lo muestre.

Las recomendaciones aquí van casi en sentido opuesto a las del hígado graso:

  • Coma suficiente y de forma repartida. Se recomienda un aporte energético generoso y no pasar largos ayunos. En vez de dos o tres comidas grandes, conviene fraccionar en varias comidas y colaciones a lo largo del día.
  • No restrinja las proteínas. Este es el cambio más importante respecto a lo que se creía antes. Durante años se limitaba la proteína por miedo a la encefalopatía hepática, pero hoy se sabe que eso es un error: la restricción empeora la pérdida muscular y no previene la encefalopatía. Las personas con cirrosis necesitan más proteína que una persona sana, no menos.
  • Agregue una colación antes de dormir. Una colación nocturna que incluya hidratos de carbono y algo de proteína acorta el ayuno de la noche, que en la cirrosis es especialmente dañino para el músculo. Es una de las medidas con más evidencia y de las más fáciles de aplicar.
  • Reparta la proteína en el día. Distribuir la ingesta de proteína entre las comidas ayuda a aprovecharla mejor para mantener el músculo.

La proteína de origen vegetal y láctea suele tolerarse muy bien y puede ser preferible a grandes cantidades de carne roja, pero la idea de fondo es clara: el objetivo es asegurar el aporte, no recortarlo. Cualquier ajuste fino debe hacerse con su médico o con un nutricionista, idealmente con experiencia en enfermedad hepática.

La sal y la ascitis

Cuando la cirrosis produce retención de líquido, en el abdomen (ascitis) o en las piernas (edema), el manejo de la sal cobra importancia. El sodio retiene agua, así que reducirlo ayuda a controlar la hinchazón.

  • Apunte a una dieta moderadamente baja en sodio, no a una comida insípida y sin sal absoluta. Una restricción demasiado estricta hace que la comida sea desagradable, se coma menos y se agrave la desnutrición, que es un riesgo mayor.
  • Buena parte del sodio no viene del salero, sino de los alimentos procesados: cecinas, embutidos, quesos, sopas de sobre, conservas, snacks, salsas como la de soya, el kétchup y la mayonesa. Leer las etiquetas ayuda más que quitar el salero.
  • Para dar sabor sin sodio, use jugo de limón, hierbas, ajo, pimienta o ají.
  • No use sustitutos de sal “sin sodio” sin consultar, porque muchos contienen potasio y pueden ser un problema con ciertos medicamentos o con el riñón.

Vitaminas, suplementos y “hierbas para el hígado”

Más no es mejor. Los suplementos de megadosis de vitaminas, en especial de vitamina A, pueden ser tóxicos para el hígado. Si hay una carencia real (por ejemplo de vitamina D o de algunas del grupo B), su médico la corregirá de forma dirigida; tomar suplementos “por si acaso” no aporta y puede dañar.

Especial cuidado con los productos “naturales” y las hierbas medicinales, que no son inofensivos por ser de venta libre. Varios se asocian a daño hepático, entre ellos la infusión de plantas de los géneros Senecio, Crotalaria y Heliotropium, el chaparral, la consuelda, la escutelaria y el poleo, además de suplementos concentrados de té verde en altas dosis. Si tiene una enfermedad del hígado, consulte antes de tomar cualquier suplemento o infusión de hierbas.

En resumen práctico

Si tiene hígado graso, el foco está en bajar de peso, seguir un patrón mediterráneo, cortar el azúcar y las bebidas azucaradas, moverse y cuidar el alcohol. Si tiene cirrosis, el foco es el contrario: comer lo suficiente, no restringir proteínas, sumar una colación en la noche y manejar la sal solo si hay retención de líquido. Y en ambos casos, olvídese de los productos que prometen “limpiar” el hígado. Lo que cura no es un frasco, es la constancia.

Vea también

Referencias

  1. European Association for the Study of the Liver. EASL Clinical Practice Guidelines on nutrition in chronic liver disease. J Hepatol. 2019;70(1):172-193.
  2. Plauth M, et al. ESPEN guideline on clinical nutrition in liver disease. Clin Nutr. 2019;38(2):485-521.
  3. Bischoff SC, et al. ESPEN practical guideline: clinical nutrition in liver disease. Clin Nutr. 2020;39(12):3533-3562.
  4. EASL-EASD-EASO Clinical Practice Guidelines on the management of metabolic dysfunction-associated steatotic liver disease (MASLD). J Hepatol. 2024;81(3):492-542.
  5. Del Bo' C, et al. Does the Mediterranean diet have any effect on lipid profile, central obesity and liver enzymes in NAFLD subjects? A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Nutrients. 2023;15(10):2250.
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